Teoría de los tres mundos en Gottfried Leibniz

La grandeza de la sabiduría, que es nula si no es de Dios, es invisible para los carnales y para las gentes de espíritu. Son tres órdenes de diferente género.

— Blaise Pascal.

Los distintos tipos de mundos dentro de lo que conocemos como universo han sido una posición sostenida por los filósofos desde la antigüedad, como con Parménides y sus dos caminos, Platón y lo sensible e inteligible, Aristóteles y lo físico y metafísico. Con Karl Popper y su explícita Teoría de los tres mundos, ésta posición se apuntala como una de las experiencias fundamentales en el quehacer filosófico; reconociendo, así, que detrás de lo que se nos presenta a nuestros sentidos existen otras formas posibles de realidad.

Grosso modo, para Popper hay tres mundos caracterizados por lo físico (M1), lo psíquico (M2) y lo cultural (M3), siendo una visión desde el racionalismo crítico de lo que Christian Wolff entendía por ontoteología, como Mundo o cosmología, Alma o psicología y Dios o teología natural.

Retrotrayéndonos aún más a la investigación moderna sobre la filosofía, con René Descartes y su duda metódica, además, se establece la existencia de un yo como cosa pensante (res cogitans) y la existencia de un mundo externo como cosa extensa (res extensa), en consonancia con la idea de un Ser perfecto al cual se le denomina Dios. El racionalismo cartesiano creó, así, un abismo entre el «yo pensante» y la realidad extensa.

En la filosofía de Gottfried Leibniz este hiato entre el pensamiento y la extensión es resuelto estableciendo un paralelismo entre el alma y el cuerpo, que son dos formas de decir lo que concierne a «lo simple» y a «lo compuesto». Por simple entiende Leibniz aquello que no tiene partes, esto es, lo que no es material, dimensional ni figura; en otros términos, la realidad de lo simple adviene como un hecho de la cogitación, como percepción mental —no organoléptica—, apetición y razón. Simple son las mónadas, llamadas entelequias —por ser en alguna medida perfectas y poseer autosuficiencia—, de las que el alma es una mónada especial.

Lo compuesto es lo que define lo corporal o físico, partes sobre partes en una divisibilidad sub y superordinada, ad infinitum. Es, por tanto, material, llenando la totalidad de la naturaleza física, como contigüidades de una misma continuidad, cuerpos discretos composibles de un flujo en lo continuo. La forma en que Leibniz lo define es como «máquina» o «autómata natural». Usando las palabras de Hipócrates, sympnoia panta.

La unión o coincidencia entre lo simple y lo compuesto, o alma y cuerpo, no se da como una agregación de simples configurando un compuesto, ya que son dos órdenes de existencia distintos, sino entre lo simple y lo compuesto en la sustancia o ser existente, a través de lo que Leibniz llamó «armonía preestablecida».

Tanto el alma como el cuerpo, la mónada y lo material divisible, expresan la infinitud del universo, ora como la percepción que el alma tiene de las otras mónadas y del universo infinito, ora como el cuerpo expresa el movimiento no solo de su contigüidad inmediata, sino de un cuerpo que puede estar apartado de sí en el tiempo y en el espacio, puesto que toda la materia se comunica al llenar en totalidad lo físico. Que alma y cuerpo expresen el universo infinito es lo que se entiende por armonía preestablecida.

De esta forma, para Leibniz el reino natural consiste en el alma que obedece la legalidad de la causa final y en el cuerpo, el cual obedece la legalidad de la causa eficiente. Todo lo cual se sintetiza expresando que no hay ninguna acción del alma, en su fin, que no pueda ser realizada por la causa eficiente, y viceversa, todo cuerpo ejerce su aplicación como tendiendo a un telos o fin. Leibniz en el parágrafo LXXXI de la Monadología afirma que «este Sistema [de la armonía preestablecida] hace que los cuerpos actúen como si (por imposible) no hubiera Almas; y que las Almas actúen como si no hubiera cuerpos; y que ambos actúen como si el uno influyera sobre el otro». Lo simple y lo compuesto, irreconciliables desde Descartes, acá se unen como el fieltro: por calor y presión.

Un sistema natural que parece bífido, en el abordaje de lo físico y lo psíquico en tanto expresiones de una inter-in-depedencia, afirma el reino de lo moral como una tercera instancia. Partiendo de las propiedades de Dios como mónada increada, su Potencia o capacidad creadora, su Sabiduría o receptáculo de las verdades eternas y su Voluntad o elecciones de lo mejor frente a lo posible, el reino moral es una sociedad de las almas razonables o espíritus con Dios, en su imitación, no ya solamente como representaciones del universo infinito (como alma y cuerpo), sino como discípulos de un maestro o como súbditos de un príncipe. El reino de la naturaleza asume a Dios como arquitecto, artífice ordenador del cosmos físico y psíquico. El reino moral asume la faceta de Dios como legislador. La ciudad de Dios, así llamada por Leibniz a esta sociedad espiritual, es lo mejor de su creación.

El reino natural contiene lo eficiente y lo final, como causas del cuerpo y del alma, y a su vez, el reino moral actúa como una causa final respecto del reino natural, como causa eficiente. En los términos de Leibniz «Dios, como Arquitecto, satisface en todo a Dios, como Legislador», tanto los castigos como las recompensas por los pecados y las buenas acciones, respectivamente, se siguen de «la misma estructura mecánica de las cosas», puesto que la gracia debe ser buscada por los caminos de la naturaleza.

Pese a que el método expositivo leibniziano parece abordar dualidades del tipo cosa pensante y cosa extensa, cartesianamente hablando, encontramos que lo que llama reino moral satisface una tipología de tres términos en un examen ontológico sobre lo que existe. El mundo moral, además, (en Popper M3 y en Wolff teología natural) responde a la imitación de Dios como Arquitecto, en su propiedad de Potencia, por esto afirma Leibniz que cada espíritu es «como una pequeña divinidad en su departamento».

La tipología ontológica de tres términos es rastreable como locus investigativo en Blas Pascal, un filósofo moderno a la medida del nuestro, recordando que en sus Tres discursos sobre la condición de los grandes aborda la antítesis y simetría entre la naturaleza y la convención, a propósito de los méritos naturales y el alcance del poder político y social, taponando la naturaleza —ligada a las cualidades reales del alma y el cuerpo— lo convencional —ligado a las convenciones imaginarias y fantásticas de los hombres, con las cuales se coaccionan entre sí—, y en un exabrupto, rechaza la antítesis anterior como parte del reino de la concupiscencia en favor del reino de la caridad. Estableciéndose así «tres órdenes de diferente género», interpretación que tomamos, además, de la traducción que hizo Antonio Gómez Robledo de los Tres discursos.

En Baruch Spinoza, a su vez, luego de afirmar que alma y cuerpo son expresiones del Pensamiento y la Extensión en tanto atributos de Dios, señala que a ambos les subyace el mismo individuo, visto ora desde el Pensamiento, ora desde la Extensión, siendo su ligazón no a través de «calor y presión» a la manera leibniziana, sino como fenómenos de una misma cosa. Desde este individuo visto en sí, como si fuese una expresión directa de un atributo distinto del Pensamiento psíquico y la Extensión, se puede establecer un tercer miembro investigativo en su ontología. Tarea propuesta, además, por la manera particular de abordar el spinozismo del filósofo español Vidal Peña y su noción del materialismo en Spinoza.

Concluimos diciendo que «lo moral» del mundo de la gracia es una categoría para designar la máxima perfección, es decir, la máxima existencia, la medida plenamente posible de ser, existir, siendo una categoría ontológica y no solo axiológicamente moral. En el reino moral podemos distinguir, mediante el principio de lo mejor, las realizaciones de Dios en su elenco infinito de opciones, cómo la conducta de los seres espirituales extiende la omnipotencia jurídica de la divinidad y las ideas no solo en su dimensión teorética como verdades de razón sino en su dimensión de fuerzas, como verdades de hecho.

Edson Cáceres
Edson Cáceres