Dioses fuertes y liberalismo con Russell R. Reno

El mundo surgido tras la Segunda Guerra Mundial se ha caracterizado por un consenso orientado a desmantelar las lealtades fuertes que, según las interpretaciones liberales y progresistas, condujeron a los horrores del totalitarismo. Este consenso impuso el dominio de los dioses débiles, a saber: la apertura ilimitada, la inclusión a ultranza y el culto acrítico a la diversidad. 

Bajo esta nueva ortodoxia, toda verdad categórica, toda convicción firme y todo apego profundo han sido percibidos como intolerancia, como expresión de un autoritarismo latente.

Russell R. Reno sostiene que la obsesión por lo débil ha generado una sociedad atomizada y espiritualmente vacía. Por ello nos invita a rebelarnos contra el «nihilismo corrosivo», buscando el regreso de aquello que de verdad es digno de afecto —i.e., los dioses fuertes—: la fe en Dios, la tradición, el patriotismo, y el sentido de pertenencia comunitario y familiar.

Russell R. Reno (Baltimore, Estados Unidos, 1959) es una figura sobresaliente en el dominio de las ideas. Es doctor en teología de la Universidad de Yale, profesor universitario, y editor de la influyente revista sobre religión y vida pública First Things. Por añadidura es montañista y un autor prolífico de libros sobre la actual situación de la sociedad, en Estados Unidos y en el mundo occidental en general. Algunas de sus obras incluyen El heroismo y la vida cristiana, Resucitando la idea de una sociedad cristiana, Génesis y su muy reseñable El retorno de los dioses fuertes, en el que la presente entrevista se centra.

De cara a un resurgimiento del pensamiento nietzscheano y el poder disruptivo del tecnocapitalismo de Silicon Valley, ¿cómo puede el «partido de la permanencia», en cuanto a defender un orden moral se refiere, reafirmar el papel esencial de la dimensión espiritual?

Nietzsche puede cautivar a los lectores de hoy, porque sus críticas de la mediocridad espiritual de la vida moderna son atinadas y forzosas. Pero no ofrece ninguna alternativa. Sus bravatas sobre el «poder» crean la ilusión retórica de algo grande y noble. Pero hay que advertir con cuidado: sus doctrinas juegan un papel central en el pensamiento posmoderno, que predica un nihilismo frustrante —todo es una afirmación desnuda de la Voluntad de Poder—. La gente joven se está dando cuenta del peligro de este vacío espiritual y algunos están volviendo la mirada sobre el cristianismo.

Nuestro problema, sin embargo, es que muy buena parte del pensamiento cristiano ha «teologizado» el multiculturalismo y otras ideologías del desarraigo en las últimas décadas. Los cristianos de la generación del Baby Boom a menudo son hostiles a lo que yo llamo los «dioses fuertes», los objetos exigentes y ennoblecedores de nuestros amores compartidos. Sirva de ejemplo, los sacerdotes católicos que son baby boomers se resisten al renacer de la Misa Tradicional protagonizado por la juventud. La verdad sea dicha, las iglesias son ambivalentes en lo concerniente a jugar un papel para restaurar la dimensión espiritual de la cultura occidental, temiendo que hacerlo podría conducir a la idolatría.

En su obra usted enfatiza el amor y la obediencia como temáticas principales: el amor, como los afectos comunes que nos sirven de ancla en el mundo, y la obediencia, como Russell Kirk describió, no como algo servil, sino como el compromiso con las convenciones establecidas y el orden civil justo. De manera semejante, el conservadurismo de Roger Scruton también estaba cimentado sobre el amor, en particular en la oikofilia y el apego al propio hogar y las raíces. ¿Cree que el conservadurismo de nuestros días se ha desviado de estos pilares esenciales, dando prioridad en su lugar a una confianza ciega en, por ejemplo, la economía de mercado?

Los Estados Unidos siempre han puesto el énfasis sobre la libertad. Los conservadores estadounidenses hicieron suya esta temática durante la Guerra Fría, no sólo para oponerse a la tiranía soviética, sino como crítica al Estado del Bienestar-Regulatorio moderno. En mi opinión, tras el fin de la Guerra Fría, el conservadurismo estadounidense ha ido demasiado lejos en esta dirección. Ha ignorado deliberadamente los afectos creadores de solidaridades —el matrimonio, la nación y Dios— expandiendo demasiado la verdad del libre mercado. Sin embargo, una riqueza mayor no es lo que satisface el corazón humano. Como Roger Scruton supo reconocer, queremos ser de algún lugar concreto. La gente desea tener un hogar con el que puedan contar, sí, pero también un hogar al que poder contribuir, una gente y un proyecto en común a los que poder servir. El conservadurismo necesita volver a traer a la palestra los temas tocantes a la solidaridad, que son los cimientos de una sociedad libre que, paradójicamente, no tiene su base en la libertad sino más bien en la obediencia a la autoridad de las cosas permanentes, como Kirk lo expresa.

En Retorno a los dioses fuertes se narra cómo el consenso post-1945, en un primer momento, vituperó a alguien tan moderado como lo era Walter Lippmann por haber tratado de apelar a la ley natural, observando esto como un ejemplo de deslizamiento hacia el autoritarismo. No obstante, en 1970, el galardonado con el premio Nobel y bioquímico Jacques Monod publicó un libro llamado El azar y la necesidad que se podría interpretar como si el consenso o la democracia liberal estuviera tratando de dotarse a sí mismo de una suerte de «ley natural» propia, ya que proponía que el conocimiento era algo distinto del juicio de valor. Si este fuera el caso, ¿se podría argüir que el liberalismo es otra clase de autoritarismo?

Como «ismo», el liberalismo puede convertirse ciertamente en una ideología que proclama el derecho exclusivo de domeñar las imaginaciones políticas, y no sólo las políticas sino las morales también. Tristemente, esto es lo que ha venido aconteciendo desde el final de la Guerra Fría, cuando la mentalidad del fin de la historia se ha vuelto la dominante. El resultado ha sido un autoritarismo liberal, algo que vemos en Gran Bretaña, donde se arresta a la gente por delitos de pensamiento. Como he escrito en otro lado, deberíamos amar nuestras tradiciones liberales, que en la anglosfera tienen además raíces históricas profundas: la libertad de expresión, ser juzgado por un jurado, el gobierno limitado, el Estado de derecho y demás. Pero esta es sólo una corriente dentro de nuestro legado, no la totalidad. Una sociedad que protege la dignidad humana y promueve el bien común debe tener otros elementos, elementos no-liberales e incluso iliberales. Por ejemplo, el patriotismo no es una virtud liberal. La solidaridad no se sostiene únicamente a través del liberalismo.

En una parte de su libro se señala cómo el difunto pensador (o periodista intelectual) Gianni Vattimo hizo una lectura del filósofo Martin Heidegger que se ajustara a su propia cosmovisión, convirtiendo, por ejemplo, el término heideggeriano «Lichtung» (un claro) en «lightening» (aligerar) para construir satisfactoriamente su argumento de que deberíamos reducir el peso de las cosas que nos sobrecargan de convicciones. Se diría que intelectuales públicos tales como Vattimo, Foucault y otros han tenido vidas personales hasta cierto punto atribuladas. ¿Son sus vidas un ejemplo de que se debería evitar vivir sus filosofías o deberíamos deslindar la vida de la obra?

No creo que necesitemos fijarnos en las vidas desordenadas de Vattimo o Foucault. Todos nosotros tenemos razones para favorecer un mundo sin peso, sin sustancia. Si no merece la pena luchar por nada, nadie luchará. Es una tentadora promesa de paz. Si nada merece la pena el sacrificio, no tendré que hacer ninguno. Esa también es una promesa tentadora. Si no hay una verdad moral, podemos perseguir la innovación tecnológica sin límites. A muchos les atrae esta idea. Como trato de manifestar en El regreso de los dioses fuertes, el consenso de posguerra de la sociedad abierta se instaló por buenas razones. Sin embargo, se ha convertido en una ideología antropófaga que debemos rechazar.

Usted escribe: En la temprana era de posguerra, Philip Rieff reconoció esta autoalabanza espiritual en el auge de la mentalidad terapéutica. En épocas anteriores, los seres humanos pensaban que la felicidad dependía del discernimiento de la verdad y de ajustarse uno mismo a ella. En la actualidad, hablamos de creencias «sanas», de aquellas promueven el bienestar psicológico y la conformidad social. Sus compatriotas Ezra Pound y el general Edwin Walker pudieron vivir la experiencia descrita por Philip Rieff dentro de los muros de instituciones mentales. Una película española de 1954 llamada Manicomio, dirigida por Fernando Fernán Gómez tiene a un protagonista que descubre (quizá un cliché llegados a este punto) que el personal y los pacientes son de hecho la misma gente. ¿La mentalidad terapéutica que Philip Rieff denunciaba en la década de 1960 no ha hecho los manicomios baladíes, sino quizás extensivos en la sociedad en su conjunto?

Aunque no tenía ninguna enfermedad mental, Ezra Pound era un hombre extraño y excéntrico. Las autoridades estadounidenses utilizaron este hecho para meterlo en un manicomio, que en aquellas circunstancias fue una obra de generosidad, ya que la alternativa podría haber sido la ejecución o el encarcelamiento. Desde mi experiencia, aquellos que en 2025 se encuentran en instituciones mentales están enfermos de verdad. Es una ilusión romántica que el personal y los pacientes sean iguales. Lo que Philip Rieff hace patente son las consencuencias anticulturales de la cultura terapéutica. Dicho llanamente, hemos destruido las autoridades sagradas, por lo tanto condenando a la gente a vivir de acuerdo consigo mismos como autoridad. Esto conduce a una sospecha frustrante de la propia mediocridad y a vivir sin un propósito elevado.

Señor Reno, usted no es un vulgar «tecnólogo social» como aquellos que Karl Popper estimaba ni un economista al que conciernan las ganancias de las grandes empresas como a Hayek, de los que usted habla en su libro. Usted es un poeta y un profeta, lo que se puede probar citándole en estas bellas palabras: Estamos hechos para el amor. No queremos quedarnos en nuestros yoes solitarios o en nuestros «pequeños mundos». Deseamos vivir hombro con hombro con nuestro prójimo al servicio de los afectos compartidos. Así que no, no estamos más seguros con la crítica sin fin, con el orden espontáneo del libre mercado, con la gestión tecnocrática de servicios y otras terapias de debilitamiento. Hay una frase recurrentemente citada de José Antonio Primo de Rivera que afirma que a los pueblos sólo les mueven los poetas. ¿Cuál es la poesía, en el sentido de poiesis, de hacer, no meramente de rimar palabras, del mañana? Y todavía otra pregunta, usted menciona cómo el actual tipo humano busca no una solución sino un descuento final. ¿No está el actual ciudadano-consumidor de Occidente algo indispuesto contra la poesía, burlándose de ella y tomándola como algo sin importancia?

Al contrario, creo que el actual ciudadano-consumidor de Occidente tiene hambre de poesía. Me he dado cuenta de que sospecha de su propia mediocridad y ansía algo más elevado, algo noble. No me malinterpreten, los votantes quieren prosperidad. No son héroes espirituales. ¡Pero son humanos! Y como nos recuerda San Agustín, ser humano es desear a Dios. La ciencia y la tecnología no pueden satisfacer ese deseo, incluso si le dan mucho bien al mundo. En mi opinión, nuestro problema reside en la mentalidad tecnocrática de las élites occidentales. Son enemigas de la poesía.

Una última cuestión, por favor. Usted define la sangre, el suelo y la identidad como dioses perversos que alientan el multiculturalismo y las técnicas simplistas de la crítica. Un libro reciente de un autor español, con un sesgo geopolítico, que es cada vez más popular, contiene dos de estas tres palabras en el título. ¿Nunca pueden la sangre, el suelo y la identidad, a su juicio, constituir afectos compartidos que construyan una vida cívica sana? ¿Siempre están abocados a ser hostilizantes y peligrosos? Parecería que, para un desarrollo completo de ambas, la persona y la comunidad, necesita haber algo semejante a estos elementos.

La sangre, el suelo, las preferencias sexuales, el color de la piel: estas son realidades materiales. Un tipo de solidaridad que nos ennoblezca debe guiarnos a realidades espirituales. Comprendo el significado metafórico de la «sangre». Se refiere a un pueblo, a una cultura compartida, a una historia y una lengua comunes. Pero hay que advertir con cautela: estas realidades espirituales no pueden reducirse al ADN. Lo mismo vale para el «suelo». Es el hogar, no simplemente un número dado de hectáreas o un lugar en un mapa. No rechazo estas metáforas de manera sumaria. No obstante insisto en que debemos purificar la visión de nuestros afectos compartidos. Como cristiano sé que soy un peregrino, un caminante en esta vida, dirigiéndome hacia mi hogar verdadero y definitivo en el cielo. Esto no oscurece mi ardor como patriota estadounidense que tiene un profundo amor por su hermosa y variopinta patria y por el alocado collage de gente con quien comparto la preciosa (¡impagable!) ciudadanía estadounidense. Pero la fe clarifica la «sangre» y el «suelo». Estos dioses son finitos y temporales y se deben reconocer como una preparación para nuestra devoción hacia el bien más elevado de todos.

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Rodrigo Valentín y Silvio Salas
Rodrigo Valentín y Silvio Salas