Un proyecto para la iberofonía más allá de la anglosfera, la Nueva Cristiandad.
I. Un necesario mito fundacional, Chile como archipiélago de la voluntad de ser: una necesaria lectura de la batalla cósmica entre Trentren Vilu y Caicai Vilu
Bajo el cielo de la Tierra Austral, en los confines del fin del mundo, allí donde la cordillera de los Andes se alza como columna espinosa del mundo y el Pacífico se extiende como un manto azul infinito, indomable, violento y difícil de navegar, se halla el corazón de un mito que late hasta nuestros tiempos. Es la historia cósmica de dos serpientes eternas: Trentren Vilu, el dragón de la tierra, y Caicai Vilu, un Leviatán del mar.
El relato de la batalla épica en la cosmología mapuche-huilliche del sur de Chile es propiamente un mito de origen cosmovisional y, por ende, una expresión real y auténtica de cómo los hombres han abrazado el misterio de su propio devenir en la Creación. En su simbología profunda y profética se revela el flujo perenne de la lucha entre el orden y el caos en el tiempo entre tiempos, tras la herida de la caída y antes del eschaton. Del mismo modo, es una constatación antropológica sobre el estado fragmentado de una humanidad que, en su condición caída, experimenta la disolución, atomización y finitud, mas también es salvada, encarnada y destinada a la comunión eterna.
En Chile, tal y como ambas serpientes luchan, la firme y responsable tierra se enfrenta constantemente a la voracidad móvil que todo lo arrastra hacia el abismo de un mar bravío. Pero, tal como en el mito, Trentren Vilu salió victorioso, y por ello este es un país de pescadores y no de grandes potencias de piratas o corsarios. La de nuestra Patria es una historia distinta a aquella de la esfera del comercio y su inevitable estafa, de la utilidad y el necesario robo, anhelos y conductas cuyas formas actuales proceden de aquella solitaria isla donde anglos, sajones, vikingos y neerlandeses se mezclaron en sangre y hierro —para pesar de los hijos de los gaélicos, hibernos, caledonios y escotos—, representantes de Caicai Vilu, de la Edad de Hierro y la Revolución Industrial, del Leviatán y la máquina.
En el mito, mientras Caicai levanta las olas para ahogar la tierra, Trentren, con cuerpo de montañas, la eleva, la salva y la consagra, convirtiendo la devastación en archipiélago, la tragedia en geografía y el caos en historia. Aquello no es sino el alumbramiento de Chile: un país estrecho y alargado, como una espada de tierra clavada entre cordillera y océano, digno heredero de un orden telúrico que se resiste a la disolución del mar libre. No por casualidad la historia de Chile es sintetizada por Gabriela Mistral con las siguientes palabras:
Nuestra historia puede sintetizarse así: nació hacia el extremo sudoeste de la América una nación obscura, que su propio descubridor, don Diego de Almagro, abandonó apenas ojeada, por lejana de los centros coloniales y por recia de domar, tanto como por pobre.
El segundo explorador, don Pedro de Valdivia, el extremeño, llevó allá la voluntad de fundar y murió en la terrible empresa. La poblaba una raza india que veía su territorio según debe mirarse siempre: como nuestro primer cuerpo, que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad. Esta raza india fue dominada a medias, pero permitió la creación de un pueblo nuevo en el que debía insuflar su terquedad con el destino y su tentativa contra lo imposible.
Nacida la nación bajo el signo de la pobreza, supo que debía ser sobria, super laboriosa y civilmente tranquila, por economía de recursos y de una población escasa. El vasco austero le enseñó estas virtudes; el mismo fue quizás el que lo hizo país industrial antes de que llegasen a la era industrial los americanos del sur.
Pero fue un patriotismo bebido en libro vuestro, en el poema de Ercilla, útil al país breve y fácil de desmenuzarse en cualquier reparto, lo que creó un sentido de chilenidad en pueblo a medio hacer, lo que hizo una nación de una pobrecita capitanía general que contaba un virreinato al norte y otro al este.
En una serie de frases apelativas de nuestros países podría decirse: Brasil o el cuerno de la abundancia; Argentina o la convivencia universal; Chile o la voluntad de ser.
El suelo de la Patria no es solo un territorio más entre otros, sino un lugar de frontera simbólica, donde se ha consagrado la voluntad de ser de Trentren Vilu, erigiendo en medio del caos un archipiélago que es punto nodal entre la tierra firme y la dispersión marítima, entre la continuidad de la tradición y la desintegración de la modernidad.
Por esto, Chile, a pesar de su tamaño, contiene en sí una paradoja geográfica y un oxímoron espiritual: es un país largo, fino, filoso como un arma, pero lleno de ecosistemas diversos que desafían esta angostura con microcosmos de experiencias en una nación irrepetible (tal vez sólo en Rusia, Estados Unidos o China convive tanta diferencia en tanta unidad). Goza de una de las mayores extensiones marítimas del mundo, pero mantiene la pasividad y humildad de los costeños que ni el comercio de la Perla del Pacífico, Valparaíso, ha podido transformar. A pesar de su inmensa riqueza minera, agrícola y ganadera, tiene una población escasa y poco densa.
Hoy, tras siglos de pobreza, disfruta uno de los niveles de vida más altos de América Latina, con sistemas de transporte público, electricidad, agua potable e internet superiores a los de gran parte de los países del viejo continente europeo; y, a la vez, sufre una enorme disolución social comparable justamente con la tristeza y soledad nórdicas o la fatiga de Estados Unidos, con la histeria de las Karen y la angustia de los Boyz n the Hood. Profundamente secularizado y anglófilo, es al mismo tiempo peculiarmente iberoamericano, con poblaciones y villas que celebran sus aniversarios y cuidan a sus ancianos, mientras los niños juegan aún en sus calles y se festejan las fiestas de la primavera.
Es un pequeño cuerpo nacional con una dimensión de proyección mucho más vasta que su tamaño demográfico, en cuyo seno se perciben múltiples contradicciones que no han disuelto al país en eternos conflictos consagrados a los rituales de hierro europeos —con su mundo reformado, desencantado y marcado por la indiferencia y la frialdad capitalista descarnada— o a los sacrificios y la caza humana de la Ēxcān Tlahtōlōyān o los Kali’na —los aztecas y los caribes—. A diferencia de estos antropófagos y sus arcontes, Chile ha sabido vivir todos los experimentos premodernos y modernos con diversos caudillos sin destruirse, progresando como pocas otras tierras. A pesar de ello, es una sociedad extremadamente agotada, como si su gente hubiera vivido los terrores europeos del siglo XIX en adelante.
Esta paradójica realidad convierte al país en un espacio de posibilidad: un lugar de reencantamiento, donde es posible no solo sobrevivir el ocaso del mundo moderno, sino imaginar una nueva forma de presencia telúrica de encarnación en la Tierra, donde el realismo mágico latino y la raza cósmica de José de Vasconcelos pueden desenvolverse y sembrar la tierra fértil de la iberofonía, inspirando a quienes habitan desde Sonora, en México, hasta Rocha, en Uruguay; desde San José de Costa Rica hasta la Ciudad de la Paz, en Guinea Ecuatorial; desde los Pirineos hasta los Andes.
A pesar de las extensas distancias entre las tierras de Latinoamérica, nos une una historia común, una lengua común, una fe común y, sobre todo, un destino compartido en la misión del entendimiento, la comprensión y la encarnación única de una civilización donde primaban la comunidad, los gremios y los cabildos. En estas tierras solo necesitamos dos grandes caballeros para iniciar y concluir los tiempos del encantamiento: el Cid Campeador y el Quijote de la Mancha; pues en ellas no reinaba la anarquía disolvente del oportunismo ni la violencia de la Ley Sálica de los francos o de los holmgang nórdicos. En estas tierras hubo derecho natural, propiedades comunitarias, protección al más frágil en todas las relaciones comerciales, políticas y jurídicas; se prohibió el ius primae noctis y, en cambio, se dio administración de bienes, libertad civil y capacidad jurídica a la mujer indígena que, al mismo tiempo, era exterminada por la anglosfera.
II. El Leviatán marino y la respuesta de la Tierra: Caicai Vilu, la anglosfera y el reencuentro con Trentren Vilu
Caicai Vilu se enfureció y volvió celoso de la humanidad, debido a su supuesta falta de agradecimiento a los frutos del mar —seguramente indignado al ver pescadores y recolectores que vivían en familia en vez de vanagloriarse de sus hombres curtidos por la sal, vestidos de hierro y manchados en sangre—. Análogamente, en nuestro tiempo e historia, en el ocaso de Roma, una nueva civilización empezó a gestarse en el norte europeo, en una provincia pobre de aquel imperio. Britania, como una rima de los hostiles enemigos de hititas y egipcios, es decir, los púnicos, era una civilización del mar. Desde ella se alzó la anglosfera, el mundo atlántico moderno que ha universalizado los valores inversos de los pueblos de la Tierra elevados por la Cristiandad, alabando en su lugar la comodidad y la lujuria en vez del esfuerzo y la abnegación; el egoísmo y la violencia en vez de la solidaridad y el diálogo; la utilidad y el dominio en vez de la trascendencia y el don.
Este Leviatán marino, desde Inglaterra, Estados Unidos y otras potencias marítimas, con su espíritu de universalismo mercantil, comercio liberal y moralidad individualista, se impuso violentamente sobre los órdenes locales, liquidando fronteras, jerarquías y diferencias culturales en nombre de un individualismo ilustrado, racionalista y atomizado, desde cuyo prisma el hombre se concibe como una partícula libre, aislada y autosuficiente, despojada de lazos de familia, comunidad y religión. Como Caicai Vilu, este ente gigantesco intentó hundir la tierra en el abismo caótico de las aguas de la (no) virtud de la fortuna, el saqueo y la manipulación del mercante-corsario, esbirros de esta serpiente del mar.
Hoy, como analizó Emmanuel Mounier en Manifiesto al servicio del personalismo, vemos que la cultura de la modernidad no es la del artesano, agricultor o ganadero de la tierra, sino la del tráfico, del crédito, del dominio del conquistador, del saqueador, del empresario de la opinión técnica, la de la economía financiera que todo lo pesa y nada lo santifica. El resultado ha sido la disolución de la persona en la mercancía y la descomposición de la sociedad en una masa de consumidores iguales y vacíos, en una realidad impersonal que pretende proveerle su propia trascendencia en un mundo de irresponsabilidad y crueldad.
En este contexto, Chile, a pesar de su peculiar geografía, historia e identidad, se vio arrastrado a la máquina de la civilización atlántica. No solo se sometió a la hegemonía económica y política de las potencias del mar, sino que internalizó sus valores: la prioridad de la técnica sobre la ética, de la eficiencia sobre la verdad, de la utilidad inmediata sobre la sabiduría paciente, de la libertad abstracta sobre la justicia encarnada. Como aquella gente de la tierra que antecedió al mapuche fue ahogada por Caicai Vilu, este país y toda la iberofonía, desde Filipinas hasta Cuba, vivieron esta hecatombe apocalíptica.
En nombre de la modernidad, la sociedad chilena, como tantas otras, despojó al hogar, la familia, la religión y la comunidad de su sentido salvífico, reduciéndolos a entidades privadas, auxiliares y pintorescas. La escuela, la universidad, el Estado y la cultura se transformaron en espacios de neutralidad, relegando la fe a la vida privada, como un ornamento de costumbres en lugar de raíz de la civilización; en este contexto no hay religio o, peor aún, emerge una nueva religiosidad: la del dios secular Mammon y el dinero.
De todos modos, en este caótico mar chileno prevalecen archipiélagos habitados por chonos, huilliches y selk’nam que han sobrevivido generación tras generación. Como sucede en la selva y la planicie de nuestros hermanos del continente, hasta las conurbaciones, en medio de las manos curtidas, rostros morenos y cuadrados, en la profundidad castaña de las pupilas, en el pelo cobrizo, negro e incluso rubio, en toda población, villa y barrio sigue habiendo una cultura de Tierra, incluso en urbes modernas como Santiago.
La narrativa ilustrada, con su fantasía heroica de progreso sin límites, no es sino la religión secular de la modernidad, ensalzada por el grito victorioso de la muerte de Dios y por coros que adoran la autonomía total de la economía, la ciencia y la técnica, cuyo triunfo anticipó proféticamente Nietzsche en los aforismos de La gaya ciencia. Pero Trentren Vilu se está levantando de nuevo para el rescate de los hijos de la Tierra.
A la actual anomia, al vacío de sentido y a la experiencia de un mundo sin fundamento, sin jerarquía y sin destino, en cuyo centro se alza la sociedad de la competencia feroz, se levanta desafiante una fuerza crítica, con jóvenes rebeldes en todo Occidente, en momentos en que la espiritualidad se ha vuelto a encarnar en una “opción benedictina” que ha rendido frutos.
La música de Rosalía, las abrumadoras nuevas cooperativas sociales, la revigorización de la Iglesia católica y el nuevo deseo de los jóvenes de tener familia en vez de éxito material son muestras de que la sociedad paliativa está condenada a fenecer antes de hacer desaparecer al ser humano, como pensaba y desearía el transhumanista Harari. Se ha iniciado la guerra cósmica entre el agresor Caicai Vilu y el defensor Trentren Vilu, y estamos en medio de la lucha espiritual de Mammon, demiurgo del capital, y el Verbo encarnado.
III. El reencantamiento del mundo y el regreso de la Cristiandad como orden telúrico
En medio del colapso espiritual y civilizatorio de la anglosfera se abre una nueva hora, un kairós, un tiempo de revelación. El eschaton, el tiempo de lo último, se ha hecho presente, no como un final apocalíptico, sino como una emergencia de lo real: la verdad de la civilización occidental aparece ahora en su decadencia, en su descomposición, en su impotencia para responder a las crisis de la guerra, la ecología, la familia, la identidad y la fe.
Como profetizó Carl Schmitt en sus reflexiones sobre la civilización del mar, esta no puede sostener por sí sola el destino de la humanidad, y la ilusión de un orden universal basado en el comercio y la razón técnica se ha roto. El mundo se ha convertido en un escenario de tensiones, rivalidades y conflictos de civilizaciones que ya no pueden ser contenidos por la ideología del fin de la historia. En este marco, despiertan nuevamente las conciencias de otras civilizaciones, otras tradiciones, otros logos que no se han sometido a la racionalidad atlántica.
Rusia, China, India y otros pueblos se reafirman como realidades culturales que no se reducen a meros mercados, sino que afirman la existencia de otro orden, otro horizonte de sentido y otro destino. La quiebra del monopolio del pensamiento occidental se convierte en la posibilidad de un reencantamiento del mundo: la experiencia de que la verdad no pertenece a un solo sujeto, a un solo modelo o a un solo continente, sino que se despliega en la diversidad de la humanidad, en la pluralidad de las tradiciones y en la multiplicidad de los caminos hacia lo divino.
Esta reapertura de lo místico, lo metafísico, lo moral y lo ético permite hablar de un reencantamiento. El reencantamiento del mundo no es una simple nostalgia ni un retorno romántico al pasado, sino el descubrimiento de que la realidad no es solo lo que puede ser medido, contabilizado, calculado o experimentado sensiblemente. Es la constatación de que la verdad de las cosas, la verdad de la vida y la verdad de la historia no se agotan en la racionalidad positivista, sino que se abren a la dimensión de lo infinito, de lo trascendente, de lo que no puede ser domesticado por la técnica. La experiencia de lo sagrado no es un residuo de la infancia del pensamiento humano, como sostenía la modernidad, sino una dimensión constitutiva de la condición humana que se resiste a ser eliminada.
En este reencantamiento, la Cristiandad se presenta de nuevo, no como una instancia religiosa meramente privatizada ni como un simple recuerdo histórico, sino como una realidad civilizatoria capaz de integrar la fe, la razón, la historia, la política, la economía y la cultura en un orden de sentido que ya no está subordinado al imperio de la técnica. La Nueva Cristiandad enunciada por Nikolái Berdiaev y Simone Weil es el sueño de un orden universal fundado en la encarnación del Verbo, en la comunión de los santos, en la vocación de la familia, la comunidad, la patria y la vida consagrada, elevándose como una posibilidad de redención de la experiencia humana; una invitación a un modo de vida donde la verdad no se reduce a la opinión técnica, la justicia no se reduce a la ley positiva y la libertad no se reduce a la ausencia de ataduras, sino que se entiende como don, responsabilidad y comunión. Es la sociedad del propio abandono para ser, del regalar para tener y del contemplar para hacer.
En este contexto de reencantamiento, ¿qué lugar corresponde a Chile? Chile, como país pequeño, puede parecer un actor marginal, una periferia de la batalla global entre los grandes polos civilizatorios. Sin embargo, la marginalidad, en sentido espiritual, no es una debilidad, sino una posibilidad de profundidad. La frontera y la periferia permiten ver lo que el centro no ve: la verdad de la debilidad, la experiencia de la dependencia, la condición de un pueblo que no se sostiene por sí mismo, sino por la gracia de estar en un lugar que le permite ser testigo, ser mediador, ser puente.
IV. Chile como nodo de la Nueva Cristiandad: entre la tierra, la mar y las civilizaciones que despiertan
Por su geografía, su historia y su cultura, Chile se sitúa en un punto de convergencia simbólica entre la tierra y el mar, entre la tradición ibérica y la influencia atlántica, entre el mundo de la fe y el mundo de la técnica. Es un país de contraste, de tensión y de diálogo, donde se entrelazan la memoria indígena, la herencia cristiana, la modernidad globalizada, la experiencia de la migración, la desigualdad y la esperanza. En este contexto, la posibilidad de Chile no es la de imponerse sobre el mundo ni la de imitar ciegamente los modelos de poder, sino la de ofrecer una vía de reencuentro: una experiencia de reencantamiento que se concrete en la vida de sus instituciones, de su cultura, de su familia, de su religión y de su política. Un espacio de diálogo entre las civilizaciones que han despertado al otro lado del Pacífico, la anglosfera en declive y el espíritu auténtico de la iberofonía, heredera de la Pequeña Cristiandad, sacrificada como becerro de oro por la modernidad, pero también heredera de los experimentos fracasados del latinoamericanismo, el americanismo y la Patria Grande.
La idea de una Nueva Cristiandad, desde Chile, no es una ilusión de grandeza, sino más bien una propuesta de sentido. Una Nueva Cristiandad no es un retorno irreflexivo a una realidad cognoscitiva de la Edad Media, con su desarrollo social y político de la koinonía en el ordo hispanicus, algo imposible de resucitar. Es, en cambio, la reafirmación de la religio, de esa regla de vida, de esa instancia participada de este momento intermedio entre la caída y el eschaton, que permite trascender el ethos del dominio puro y alcanzar una sociedad centrada en la dignidad humana, ya que dicha dignidad es, por definición, el gran logro del acontecimiento cristiano.
La posibilidad de la vida sacramental, de la caridad, de la justicia, de la familia, de la comunidad y, sobre todo, de redescubrir nuestra unidad con la tierra, son la base de una civilización nueva, que se levante en medio de la decadencia de la modernidad como un oasis de orden, de sentido y de esperanza. Esta Nueva Cristiandad no se construye por la fuerza, sino mediante una revolución espiritual, material y cultural de todos los sectores sociales, convencidos de una unidad de destino en la universalidad de la humanidad, mediante la experiencia y el testimonio consagrados en nuevos ritos que transformen las actuales estructuras e instituciones, volviendo a unir lo profano con lo sagrado, lo material con lo inmaterial, lo finito con lo eterno.
En este sentido, la experiencia de Trentren Vilu, la experiencia del dragón de la tierra, se convierte en un símbolo de resistencia y de esperanza. La imagen de esta serpiente que se levanta sobre la tierra, que sostiene la tierra y que la salva del caos de las aguas, es símbolo de la experiencia de la comunidad, de la familia, de la patria, de la Iglesia, como entidades que sostienen la vida humana, que la ordenan y que la salvan del caos. La experiencia de Caicai Vilu, la serpiente del mar, es la experiencia de la nulidad, de la desintegración, del caos sin límites, de la fuerza de la destrucción que todo lo quiere disolver. La experiencia de la batalla entre Trentren y Caicai es la experiencia de la lucha entre la vida y la muerte, entre la verdad y la mentira, entre la fe y la idolatría, entre la esperanza y la desesperanza.
Dicho proyecto civilizatorio, que va más allá del liberalismo como horizonte escatológico, necesita un nexo dialogante con una voluntad de ser vigorosa y con una extensión de poder, de comercio y de intelectualidad que beba de todos los conocimientos de los arcontes del Lejano Oriente, de los corsarios del norte e incluso del Heartland esencialmente ruso y de la diversidad africana. Necesita un nodo que haya logrado habitar la modernidad, a diferencia de los restos de la periferia de la iberofonía, pero que, a diferencia de los hermanos portugueses y españoles, tenga una apertura y proyección hacia el resto de las civilizaciones, zonas de influencia y hemisferios culturales, militares, comerciales y, sobre todo, espirituales. Ese es Chile, la tierra de la voluntad de ser.
En el eschaton que se abre no como fin, sino como juicio de la historia, el reencantamiento del mundo, como nuevo mito fundacional, deja de ser un relato para convertirse en experiencia real y vivida: el descubrimiento de que la verdad no se agota en la opinión técnica, en el comercio y en el cálculo, sino que se sostiene en la densidad de la persona, en la comunidad, en la patria, en la Iglesia y en la tierra. La Nueva Cristiandad, que se levanta entre las ruinas del ídolo Mammon, no es un espectro nostálgico, sino un proyecto de civilización que integra la fe, la razón, la historia y la política en torno a la dignidad humana, la justicia, la caridad y la esperanza. Este es un momento de siembra en que Chile, como nodo dialogante entre Oriente y Occidente, Rusia y América, Europa y el Pacífico, se erige como un puente para el desarrollo y la divulgación de la futura civilización reencantada, un espacio de reencuentro entre lo sagrado y lo profano, lo eterno y lo histórico, lo local y lo universal.

