Estética, tradición y ritualidad: una conversación con Orlando Avendaño

Como sentenció la novelista estadounidense Joy Williams: «No se escribe para hacer amigos», máxima que define a nuestro siempre polémico interlocutor en esta edición de Conversaciones de El Vórtice. Orlando Avendaño (Valencia, Venezuela, 1994), de sobra conocido por su labor periodística, ofrece una mirada a sus ideas que trasciende la vorágine inmediatista del acontecer noticioso.

Recientemente has estado leyendo —e incluso citando— a Scruton y Mishima en lo tocante a temas como la estética, mientras que el plano político reconoces coincidencias con Schmitt y diriges críticas al economicismo. Háblanos, por favor, de este giro filosófico e ideológico. 

Mi evolución en el plano académico y de las ideas ha sido un proceso orgánico, natural. No soy ajeno a una tendencia que existe en varios grupos influyentes de la intelectualidad de derecha en el mundo, que han virado hacia un pensamiento más conservador. Mi camino, en términos superficiales, ha sido este: empecé de la forma más prematura posible con la ideología objetivista, leyendo a Ayn Rand; eso me hizo mutar eventualmente al libertarismo; luego al liberalismo clásico, donde me quedé un tiempo, más que todo con referentes bastante tradicionales del liberalismo anglosajón (Tocqueville, Jefferson, Locke, etc.). 

Paralelo a esto, yo he tenido una afinidad por el arte y las expresiones culturales toda la vida. Siempre me ha gustado mucho el arte, donde también he tenido una evolución. En particular, me ha gustado el arte contemporáneo. Incluso, me han atraído algunas de sus expresiones más radicales o disruptivas. Marina Abramović me llegó a parecer una gran artista, y aún hoy me lo parece en algunas cosas. Pero esa relación con el arte ha venido cambiando de la mano de mi transición ideológica, y me ha llevado a valorar el arte como un importante factor cultural de nuestra sociedad. Entonces quise indagar un poco más en eso y me terminé topando con autores que defienden, por un lado, el papel del arte, y por el otro, la belleza. Inevitablemente cuando empiezas a leer los autores que defienden la belleza —no el arte— dentro de la sociedad, te adentras de alguna manera en el pensamiento conservador. Belleza no es lo mismo que arte.

El arte, como dijo Roger Scruton, se ha encargado de llevar la belleza a lo más alto del Olimpo y luego la ha arrastrado a las calles llenas de orina de París. El arte tiene la responsabilidad de haber maximizado la belleza a través de sus expresiones clásicas, y ahora acaba con esa misma belleza. Aunado al proceso de dilución del concepto de belleza, ha habido una deriva cultural en nuestras sociedades. 

Una cosa llevó a la otra: cuando te gusta el arte, valoras la belleza; cuando valoras la belleza, valoras la tradición; cuando valoras la tradición, valoras las costumbres. En suma, todos los elementos que permiten construir una sociedad, una sociedad en torno a la nación y el arraigo.

Se están suscitando grandes cambios en las dinámicas del sistema internacional de la mano de la segunda administración Trump, con un cuestionamiento no sólo de las burocracias supraestatales, sino de los cimientos mismos del rules-based order. Fukuyama, duramente refutado por la realidad, pasó de decretar el «fin de la historia» a posponerlo en forma indefinida. Pareces estar desarrollando un interés por ideas que se ubican fuera del canon dominante en consonancia con la coyuntura histórica. 

¿Cómo se pasa de ser liberal a leer autores que no solamente no son liberales, sino que consideran al liberalismo como uno de los problemas de este tiempo? A ver, yo no creo que la actitud conservadora y yéndonos un poco más allá, la doctrina conservadora, que es prácticamente lo que Scruton quiere formar y plantear sea necesariamente una negación de la tradición liberal. Al contrario, es una consecuencia de la tradición liberal. En parte, la voluntad conservadora tiene que ver con el resguardo de esa misma tradición, de la tradición liberal. Pero la tradición liberal frente a las distorsiones que ha provocado el liberalismo. 

La cuestión es que el liberalismo reposó demasiado, ha venido reposando demasiado, en la buena voluntad de la gente y en la espontaneidad de las interacciones humanas, lo que no necesariamente es perfecto o va a ser perfecto por siempre, sobre todo si desprecias el valor de la autoridad y del Estado. Y aquí entramos probablemente en un uno de los conflictos más duros en los que puede entrar el conservadurismo con el liberalismo, que tiene que ver con el rol del Estado. El libro que escribió Scruton en los 70, The Meaning of Conservatism, es una maravilla de libro, en el que hay una crítica muy fuerte a la economía de mercado y en general al concepto de libertad. Si no me equivoco, Scruton, citando a Matthew Arnold, dice que la libertad es muy bonita, pero que es un caballo sobre el que cabalgamos y realmente hacia dónde la llevas es tu responsabilidad, y es en ese punto donde entra el papel del Estado. La libertad sin autoridad no tiene sentido. Sin buscar sobredimensionar su papel, yo sí me he convencido de que el Estado es necesario. 

Si hablamos de Scruton que, hoy por hoy, es mi referencia principal en cuanto al pensamiento conservador, hay que tener presente que él también evoluciona. Scruton tiene un gran valor y es que propone una doctrina, en la que el conservadurismo no vendría siendo solamente una actitud frente a la vida (a la manera de Oakeshott).

Con los años, Scruton pasa a valorar mucho más el peso de la libertad, sobre todo después de un viaje que hace a la Checoslovaquia comunista, donde se da cuenta de que sin libertad no podemos defender nada, no hay nada que defender, y que la libertad es fundamental y, más que el caballo sobre el que cabalgamos, es lo que nos permite cabalgar, lo que permite que haya un caballo. 

Hay un problema serio con el liberalismo y con su hija, que es la modernidad, y es que el liberalismo parece no proponer medidas de contención frente a las propias distorsiones que crea, bien sea en términos culturales o bien sea en términos económicos. Ahí es cuando entra el conservadurismo y el concepto de lo moral, o el valor de lo moral. Tú no puedes desarrollar una propuesta cultural o un intercambio económico voluntario entre los hombres sin un marco moral, y un marco moral que obviamente se tiene que hacer respetar desde un marco legal. Es eso lo que da confianza, lo que determina qué tiene precio y qué no. Y a partir de lo cual se puede generar toda una discusión sobre cómo legislar: si legislas a partir de la moral o la razón, o la ley natural, o lo que sea; pero el punto es que el marco moral tiene que existir. Tiene que existir para poder tener una sociedad con sentido de pertenencia, de membresía frente al territorio, frente a donde está, frente a la nación, frente a la soberanía. Todo aquello que nos va a permitir enfrentar y contener los grandes problemas de la modernidad, y a los enemigos que se nos presenten. 

¿Qué hecho o hechos han llevado a que reconsideres tus posiciones políticas?

Hubo un punto de inflexión para mí, que fue la controversia alrededor de la historia de la laptop de Hunter Biden durante la campaña presidencial estadounidense de 2020. Cuando surgió la pregunta de qué debía hacerse sobre la censura de las Big Tech, que suprimieron esa noticia, me opuse drásticamente a regularlas. Después llegó la presidencia de Biden y vimos el terrible papel que desempeñaron las grandes corporaciones en ella. 

Ha quedado claro que en la actualidad la gran pugna entre la izquierda y la derecha no tiene nada que ver con respecto a la economía de mercado. De hecho, la izquierda se apoya en la economía de mercado y en las grandes corporaciones para avanzar la que es su causa, que es precisamente la dilución de nuestra identidad y la imposición de la teología del relativismo. Ya no se trata de regulaciones, aranceles o el control de la moneda. La pugna es esencialmente cultural (aunque, ojo, estamos hablando en términos amplios, pues en el caso venezolano la situación todavía es otra).

Anclarse en que la derecha debe avanzar una defensa a ultranza del libre mercado es peligroso y anacrónico, y ceñirse a la dicotomía libre mercado-socialismo es no entender en absoluto el mundo moderno en sus retos y amenazas. 

Parafraseando a Chesterton, puede decirse que el problema de conservadores y progresistas es que sitúan la verdad en el tiempo: los primeros, en el pasado; los segundos, en el presente. El tradicionalismo, en cambio, es metahistórico y su dominio es el de lo eterno. Balmes ya advertía en el s. XIX que los conservadores conservaban la revolución. Y hace unos años, Michael Malice popularizó la frase Conservatism is progressivism driving the speed limit. Tu acercamiento al conservadurismo parece dirigido precisamente en la dirección de mitigar los excesos de la sociedad abierta y defender lo que percibes como conquistas de cuño liberal.

Es que, de alguna forma, el conservadurismo es una herencia de la tradición liberal. La tradición liberal que arrastra el pensamiento más clásico, el pensamiento teológico y el pensamiento de la ilustración y sus pilares fundacionales. Con Edmund Burke se fijan las bases del pensamiento conservador moderno: ¿y qué pretendía Burke? No que no hubiera desarrollo o progreso, pero que al mismo tiempo se cuidara lo logrado hasta el momento y lo que nos cohesionaba. 

Burke elogia la Revolución Americana por preservar el espíritu de su identidad originaria. Los Padres Fundadores de Estados Unidos cuidaron la influencia de pensadores como Locke, forjando así la tradición liberal. La gran pregunta es: ¿a partir de qué punto se conserva? El multiculturalismo, un lastre heredado de esa tradición, nos exige sacrificar nuestra identidad y lo que somos, amén de buscar un consenso multicultural. Con esto, yo estoy en desacuerdo.

La labor del pensamiento moderno que de verdad aspire a salvar a la sociedad necesariamente tiene que proteger la tradición y las costumbres.

Sobre el liberalismo se sostienen los principios que disfrutamos tú, yo y toda la civilización occidental, que son los principios de las libertades básicas: el pacto, el acuerdo, el consenso de pertenencia a la nación y la lealtad hacia ella. Ese sentido de arraigo y pertenencia que nos conforman. Hoy estamos obligados a sacrificar todo ello en nombre de la extremísima inclusión. 

Quizá desde un punto de vista excesivamente pragmático, he entrado en contacto con el pensamiento conservador y he tenido un tránsito de una postura liberal dogmática a una postura liberal realista y conservadora, pero no pretendo hablar en nombre de una doctrina conservadora ni nada parecido. En ningún momento te diría que soy conservador, pues todavía me identifico como liberal clásico. Tengo una referencia, una postura política y cultural. Tú verás dónde carajo la enmarcas. Pero la voluntad es esa: resguardar elementos para fortalecernos frente a nuestros enemigos. No se trata de mantener intactas las distorsiones que ha habido en la tradición liberal.

Todo esto me lleva a una cuestión en la que me he fijado últimamente, y que es el gran problema de la contemporaneidad: el desarraigo. Hace como tres años leí un librito de Chantal Delsol sobre la defensa del populismo, porque quería tener un sostén teórico para argumentar a favor de los movimientos populistas de derecha. Y es muy interesante porque Delsol, no necesariamente haciendo apología de los movimientos populistas de derecha, establece que son una reacción a la crisis del desarraigo en que nos encontramos. Y allí entonces nos vamos al otro gran punto que me ha permito conectar con estos actores, y es que yo he considerado en principio al islam fundamentalista y, en un sentido más amplio, al islam a secas como un problema, un problema serísimo. Para afirmar eso me sostengo en mi formación liberal por cuestiones esenciales, pues el islam pervierte y distorsiona por completo las libertades sobre las que se sostiene nuestra civilización. Ahora bien, el islam es un problema no tanto por lo que hace en sus sociedades, sino por lo que hace en las nuestras. Y hace lo que hace en nuestras sociedades por nuestra fragilidad, precisamente producto de la crisis del desarraigo. La conjunción de todas esas cosas, que están muy bien conectadas, es lo que me ha llevado a indagar más y desarrollar la evolución conceptual y doctrinaria en la que me encuentro. Partí de un libertarismo idílico, utópico y naif, y hoy creo que he asumido una postura mucho más apegada a la realidad política, en la que el conflicto es inherente. 

Lo que nos amenaza del multiculturalismo —según de Benoist— no es la identidad del otro, sino la incapacidad de transmitir la identidad propia. Nuestros grandes males son autoinfligidos, producto, sobre todo, de ese enorme «abismo de sentido» (Lipovetsky dixit) que nos ha dejado la muerte de Dios. La civilización cristiana parece abocada a abolirse a sí misma. 

El problema en sí no es el islam, concretamente. No me inquieta y no me hace perder el sueño lo que sucede en Irán, Afganistán o en cualquier sociedad islámica fundamentalista. Pese —ojo— a que quizá uno tiene el interés de que ciertos valores morales sean de aplicación universal (independientemente de tus pretensiones culturales, que pueden ser muy repudiables o muy valiosas). El islam es una amenaza y eso para mí es inobjetable, precisamente por lo que dices: acabamos con nuestra teología cristiana o judeocristiana e inevitablemente ese vacío que dejó se va llenando. ¿Y con qué se llena? Con el relativismo; con la corrección política, donde cualquier cosa es válida, menos lo que nosotros somos. Al contemplar todas las opiniones, todas las culturas, no tenemos capacidad de crear anticuerpos frente a las amenazas que surgen, siendo una de ellas el islam; pero también puede meterse allí al régimen comunista chino. Algunos mencionarían a Rusia; otros dirían, por el contrario, que es un baluarte de sus principios. El punto es que estamos desarmados.

Tienes una mirada muy integral o, como la llamarían los cursis, holística (risas). Volvamos a la relación entre estética, política y tradición, y a los pensadores que permiten entender cómo estas se conectan.  

La lectura de los autores o pensadores que propongan el resguardo de la tradición, la identidad y la soberanía son el muro de contención ante a los grandes problemas de la modernidad. Grandes problemas que vamos a enfrentar y frente a la inminencia de la que quizá, como ya he mencionado, es la mayor amenaza del futuro cercano: el fundamentalismo islámico. No podemos hacerle frente a quienes quieren colonizarnos si no tenemos los recursos y las herramientas para defender lo que somos, bien sea nuestra la tradición, las costumbres, la religión, la identidad y los principios que nos han hecho grandes. 

Obviamente estoy en una transición, quizá en una etapa muy prematura, y no creo que tenga ni la capacidad ni la profundidad para hablar con propiedad del pensamiento conservador tradicional. Estoy trabajando el tema de la belleza, y me he paseado por figuras como Burke, el conde de Shaftesbury, Mishima, Scruton, Byung-Chul Han… Es amplísima la gama. No todos son autores que se identifiquen propiamente como conservadores, pero es evidente que hay un componente conservador en la voluntad de defender la tradición frente a la dilución de ella, o a la especie de nueva teología que es el relativismo (la idea de que todo es válido y que todo es respetable, menos lo que nosotros somos). 

En cuanto a desarrollar un concepto estético, he tomado desde Platón, Aristóteles, Scruton, Mishima, Kant, Schiller… Pero en cuanto al pensamiento conservador, voy poco a poco. Estoy maravillado con los textos de Chesterton y pienso que, sin duda alguna, es uno de los mejores escritores que ha habido en Reino Unido. En el caso particular de Schmitt, tiene que ver con nuestra realidad política. Yo siempre me consideré muy «arendtiano», y todavía respeto mucho a Hannah Arendt y me parece que su obra tiene un peso fundamental en los conceptos de la teoría política moderna. Me inscribo en su obra y su noción de la violencia para mí ha sido casi doctrinaria, pero la experiencia vence a la doctrina que no es sólida. Y eso es lo que me llevó a Schmitt. 

Hay una brecha a veces dolorosa e insalvable entre la teoría y la realidad política, por eso siempre deben juzgarse resultados y no intenciones.

Arendt tiene una noción muy bonita sobre la violencia y la política, en el que la violencia es una negación de la política y el ejercicio de la violencia es un síntoma, en cierta forma, de la pérdida de poder. Esto tiene un peso conceptual muy claro y, en un principio, sí, yo lo creo firmemente, pero también creo en ultimas que la violencia es una forma de imponerse y de acceder —o retener— el poder. Schmitt desarrolla bastante dicha idea y desarrolla un concepto fundamental en el entendimiento de la política —y sobre todo nuestra política, que es poco civilizada y muy barbárica—, que es la distinción amigo-enemigo. Él planteó esta distinción en la Europa a punto de ebullición de los años 30, pero continua completamente vigente. 

La concepción del adversario como enemigo es fundamental para ejercer la política de una manera eficiente y óptima. Cuando tienes un enemigo tienes la obligación de imponerte a él, por todos los medios posibles. De lo contrario, te aplastará. 

Yéndonos a un plano más personal: te gustan artistas como Mark Rothko, eres cinéfilo, escuchas hip-hop… ¿No encuentras la definición de belleza de Scruton un poco estrecha y rígida? Estamos hablando de un autor que fue particularmente desdeñoso con el abstraccionismo en las artes plásticas, que renegaba del cine y que se quejaba de la «tiranía de la música popular».

Sí, es un poco estrecha, pero no es impertinente. Yo valoro el arte contemporáneo. De hecho, mi afinidad estética es por el arte contemporáneo. Es algo orgánico: ni deseado ni elegido. Recuerdo una entrevista que le hicieron a Cruz-Diez hace mucho tiempo (en los setenta u ochenta) donde cuenta que empezó haciendo caricaturas, luego hizo pinturas fácilmente reconocibles (nada abstractas) y después sintió la necesidad de desarrollar una propuesta nueva, y es cuando muta al arte óptico, cinético, etc. En esa misma entrevista, Cruz-Diez dice que el artista moderno tiene la responsabilidad de desarrollar nuevos movimientos, de hacer propuestas totalmente innovadoras. Pienso que ahí pudiera estar el valor del arte. Pero, de nuevo, podemos volver a que el arte no es necesariamente belleza. Ahora bien, yo veo belleza en una cromosaturación de Cruz-Diez, aunque sé que mi novia no lo hace (risas). O en un cuadro abstracto de Wifredo Lam, donde encuentras figuras que incluso pueden ser demoníacas. O en un arrebato de Twombly (risas). Yo veo belleza allí, aunque no sea la belleza clásica tradicional. Entraría en una contradicción tremenda con respecto a qué es belleza realmente y cuáles son los elementos que hacen que algo sea bello y cuáles hacen que no lo sea. Estaría siendo relativista al considerar que lo que yo veo es bello y lo otro no. Scruton, por ejemplo, no define como tal qué es la belleza porque quizá es un terreno demasiado arriesgado. Tú podrías tomar lo que dice Burke en De lo sublime y lo bello y encuentras que lo que compone lo bello, en la proporción o la tesitura, es lo que no genera resistencia. O puedes tomar a Santo Tomás, que define tres elementos que conforman lo bello: integridad, proporción, claridad.

Al final, toda apreciación de lo bello radica en la razón. Se puede defender la obra de Cruz-Diez o de algún artista contemporáneo desde un punto de vista racional, y eso define cómo abordas el debate. Tal distinción la hace Scruton en Why Beauty Matters sobre Tracey Emin y en concreto su pieza My Bed, que es su cama destendida y sucia, que compara con la cama pintada por Delacroix (Cama sin hacer). Y allí entramos en por qué una puede considerarse bella y la otra no. Puede que la cama de Delacroix en su momento no fuese considerada bella, como tampoco fueron consideradas bellas muchas obras impresionistas y de varios movimientos que hoy día generan mucho más consenso. Allí entra el factor de la razón, en la cama de la Delacroix puedes encontrar técnica, esfuerzo, sentido estético. Hay un ejercicio racional en torno a la obra de Delacroix que la hace superior a la de Emin. ¿Es un tema subjetivo? Sí lo es. Pero parte del esfuerzo contemporáneo relativista y liberal es una neutralización de la razón en este tipo de discusiones. Creo que hay arte contemporáneo bello, arte contemporáneo valioso; creo que hay arte contemporáneo valioso pero feo, y arte contemporáneo feo y que no es valioso. Podríamos pasarnos por varios artistas, los más pop: Basquiat, Warhol, etc… Me hablabas de Rothko. Cada uno tiene sus propias consideraciones estéticas que implican un reconocimiento desde el punto de vista artístico y desde el punto de vista estético, que no son la misma cosa.

Para Scruton, el arte transforma la realidad, la sublima. Eso es lo que consigue Delacroix, mientras que Emin, como muchos de los ganadores del Turner Prize y el resto de popes del arte contemporáneo, simplemente toma una pieza anodina y la exhibe (siguiendo la estela satírica de Duchamp). Profundicemos en la crisis del arte y de la belleza.

En cuanto a la importancia de la belleza y la estética, pienso que es una herencia de la tradición liberal y de su eventual distorsión que es la «sociedad del rendimiento» (una idea que plantea Byung-Chul Han). La dinámica del consumo y la exigencia de la funcionalidad se han vuelto imperiosas hoy día. Es un problema tremendo, pues no hay espacio para lo inútil, no hay espacio para lo que no tiene una función concreta, no hay espacio para lo que no ofrece rendimiento. Para el juego, como diría Han. La belleza es algo que trasciende las exigencias de lo humano, de lo terrenal, de lo que se limita a la supervivencia. Precisamente por eso se enmarca dentro de aquello que es supremo, como la contemplación y la relación con Dios, que nos permiten ser hombres capaces de apuntar hacia lo extraordinario. Actualmente estamos haciendo eso a un lado y se impone lo que Arendt llamaba en la Condición humana el homo laborans, el hombre sometido únicamente a la dinámica de la supervivencia. Entonces se sacrifica lo que no funciona, todo amén de la funcionalidad queda completamente marginado. 

En Why Beauty Matters, Scruton habla sobre el ornamento, que es aquello que es completamente inútil en las expresiones artísticas y arquitectónicas. El ornamento se ha perdido amén de la funcionalidad. La búsqueda de la belleza nos acerca con lo que le da sentido a la vida, con lo que nos permite estabilizarnos donde estamos y que, de alguna manera, fortalece el concepto de razón y, a su vez, los elementos rituales que nos sostienen y que son fundamentales para desarrollarnos como comunidad y tener experiencias compartidas.  

Hay un pequeño ensayo de Oscar Wilde que es muy bueno, porque hace una defensa de la mentira (siendo la mentira lo contrario a lo real), la expresión artística y cultural, lo inútil, lo lúdico, lo que se sale del concepto de lo funcional (que es lo que se ha perdido), la dinámica muy humana de la no supervivencia, el jugar a ir más allá de lo elemental. 

La belleza importa porque nos estabiliza, nos acerca a lo supremo. Esto nos lleva a la crisis del arraigo de esta época: no tenemos elementos que nos aten al contexto y que nos involucren como sociedad. Estamos dejando que la aplanadora del minimalismo, de lo funcional, del rendimiento y del consumo sacrifique por completo los elementos innecesarios que nos hacen realmente comprometernos con el entorno y estabilizarnos. 

Elaine Scarry, una ensayista fantástica, tiene un bonito libro que se llama On beauty and being just, donde habla un poco de los elementos que hay dentro de la belleza y que son paralelos a los elementos que tenemos de cómo debería funcionar la sociedad. Por ejemplo, la simetría y la justicia. Elementos que se pueden contemplar en la belleza y que también nos permiten vivir en una manera cordial y armónica. 

A Mishima lo has nombrado de pasada, pero deberíamos detenernos un poco en su figura: el rebelde tradicionalista, atrapado en un Japón «violentamente occidentalizado» (Yourcenar dixit).   

Todo lo que hemos mencionado lo defiende ampliamente Mishima. En su obra literaria está presente y aún más en sus ensayos. Son elementos que se conectan: la tradición viene conectada al ritual, el ritual va conectado al sentido estético y a la belleza. No puedes hablar de una cosa sin hablar también de la otra. ¿Cuál es el problema que ve Mishima en la sociedad japonesa? Que era una sociedad que giraba, como herencia de la tradición imperial, en torno a ciertos elementos rituales y en torno a la figura del emperador, y que en la posguerra pierde dicha herencia, y el Japón moderno termina sometido y demasiado dispuesto a una apertura con Occidente.

El caso japonés es muy particular, aunque es completamente comparable con lo que sucede en Occidente. Es un país que cede a la sociedad de consumo y del rendimiento, lo que Mishima veía como un problema existencial (e incluso moral y ético). Es por eso que él, un hombre con grandes complejos y frustraciones, como persona aspiraba a la grandeza, a la grandeza en el campo de batalla. Se plantea vivir una vida virtuosa, como se expresa en El sol y el acero, a punta de labrarse a sí mismo en un sentido clásico. Y allí entra la belleza, una belleza que se separa por completo de la idea de funcionalidad, subsistencia y rendimiento. Él enmarca todo en la aspiración de alcanzar lo bello, incluso en la muerte. Su suicido responde al deseo de tener una muerte bella.

En síntesis, lo que plantea Mishima es una resistencia desde lo bello ante la deriva que había tomado su sociedad oriental, que es extrapolable a nuestro caso. Leyendo a Mishima, te das cuenta de que quizá la solución al mercantilismo y la comercialización de todo, al homo laborans, es resguardar lo bello. Porque resguardar lo bello es abstraernos de esa dinámica de consumo en la que estamos involucrados, es tomarse un tiempo (como lo dice Byung-Chul Han en El aroma del tiempo). 

Hay quienes pudieran decir que hablar en contra de la excesiva mercantilización de la sociedad y de la dinámica del consumo es una postura marxista o anticapitalista. Pero no tiene nada que ver, porque, por ejemplo, la crítica que hace al marxismo Byung-Chul Han es que limita todo al orden económico, que sostiene que el hombre sólo se puede realizar a través de su esencia proletaria, y eso es precisamente lo contrario a lo que deberíamos aspirar como herederos de la cultura griega y la tradición cristiana. Debemos retomar aquello que nos permite trascender lo terrenal y que no se limita a la supervivencia.

En El sol y el acero Mishima argumenta que no se puede alcanzar la belleza meramente a través de las palabras, de la literatura. También hace una interesante distinción entre lo físico, que es fuerte y solar, y lo intelectual, que es débil y nocturno. Durante esa etapa final de su vida —explica Pankhurst— se convierte más en escultor que en literato, obsesionado con liberar la forma perfecta que yace inherente en la piedra sin tallar de su cuerpo. 

Es muy interesante lo de Mishima, porque él reniega, como bien apuntas, de la vida intelectual, de las palabras. Dice que es algo propio de la noche, de la oscuridad, de la piel frágil y resquebrajada, del estómago abultado y feo. Él habla del cuerpo como manifestación del espíritu, y de la relación entre cuerpo y espíritu. La relación entre un cuerpo labrado, esculpido, apelando a la referencia clásica, denota un espíritu fuerte. Compara esto con el concepto del héroe, y cómo la crítica a este suele venir de quien tiene un estómago fofo. Un cuerpo labrado es digno de una vida heroica.

Sobre el sentido estético de la muerte de Mishima…

Mishima, si recuerdo bien, con la muerte habla de la idea del honor. El honor reside en que la muerte debe ser vista y que, si la muerte debe ser vista, los hombres no pueden abstraerse de la belleza. Él criticaba mucho que la sociedad quería arrebatarle al hombre su participación en los temas de la belleza. A su juicio, una muerte vista, para ser digna y heroica, debe ser bella y violenta. De modo que su suicidio, su seppuku, fue una performance para tratar de cerrar su vida de una forma honorable, bella y heroica. Aunque el argumento fue político, no tenía ninguna importancia política, pues no iba a llegar a ningún lado. Más allá de cómo se dieron los hechos, su intención fue meramente performativa y tiene que ver con su filosofía.