Lo eterno político: una conversación con Alejandra Martínez Cánchica

Nicolás Gómez Dávila, en su descripción sobre el «reaccionario auténtico», lo dibujó como un buscador de «las evidencias que nos guían a la orilla de estanques milenarios». En este tono desprendido pero grave, conversamos con Alejandra Martínez Cánchica (historiadora y cientista político) sobre su visión política bajo la perspectiva de la eternidad.

¿Qué es lo que defines como «realismo»?

El realismo se esgrime en virtud de una larga tradición del pensamiento político que tiene que ver con pensar la política tal cual es y no en virtud de lo que debería ser. Empezando desde Platón, en Occidente hay una constante del pensamiento político que es pensar la política en torno a tipos-ideales; no ha sido lo mismo en el mundo oriental.

Occidente ha desarrollado una larga tradición del pensamiento político en torno a tipos-ideales, sirviendo como un horizonte moral alcanzable, lo que los hace deseables. Sin embargo, este pensamiento deja de un lado la esencia de lo político. Como con la idea del enemigo en la política, la cual se tiende a neutralizar desde el pensamiento occidental; la idea de que toda forma política se desgasta en el tiempo, no toda forma política es eterna. Se neutralizan varias verdades o constantes de lo político con las que pareciéramos chocar. Jerónimo Molina Cano usa una metáfora shakespeariana, siempre el pensamiento político idealista choca con esa roca muda de la realidad, roca que no es más que lo real en su crudeza.

Se puede establecer una separación de la política como un hecho zoológico y físico desde el punto de vista realista, como fuerzas encontradas en choque y la política como tipos-ideales, que pertenecen a la cultura y la moral, como una suerte de proyecto-programa.

Una idea manida desde la antigüedad y el medioevo es que la política y la ética o política y moral han estado unidas. Con el comienzo del pensamiento político moderno Maquiavelo rompe esa unión. La política ya se concibe como una técnica de poder, técnica de obtención y conservación del poder.

Isaiah Berlin divide estos dos tipos de pensamiento político entre las figuras fabulísticas del zorro y el erizo. Los erizos verían la política en sentido ideal y los zorros verían la política en su intensidad y su cruda realidad.

Del tipo-ideal se opera el paso hacia la idea de corrupción, de tránsito hacia «lo peor». El tratado de las guerras del Peloponeso es una descripción de cómo a partir de un cierto pináculo de la sociedad griega en general y ateniense en particular, se desprendieron toda una serie de características designadas como «corrupción»: no respetar los juramentos, traiciones internas a la polis; en un contexto anterior en que desde las Guerras Médicas toda la política griega se aplicaba a lo externo, contra el enemigo definido persa. Es un ejemplo de colisión entre tipos-ideales frente a una expresión de identidad de la realidad. Por supuesto, reconocer lo real no equivale a ser cínico.

Ese es usualmente un adjetivo que se nos adjudica a las personas que nos decantamos por el realismo político. En un trabajo próximo a publicar antologizo el pensamiento del realismo político, comenzando por Tucídides y su Historia de las Guerras del Peloponeso. En el estudio introductorio perfilo que en el mundo griego probablemente los orígenes del realismo no están en Tucídides sino en Hesíodo con la obra Trabajos y días, tocando el tema de la corrupción.

Tucídides inaugura en Occidente esta visión o estudio de lo político como constante en la historia. En el siglo XX varios pensadores han englobado esta idea como metapolítica. Entender lo permanente, lo eterno, las leyes de la política. Desde las primeras formaciones políticas que tenemos en el Neolítico hasta hoy, se trate de faraones, sogunes en el Japón feudal o de reyes cristianos medievales, lo político tiene unas constantes que parecieran eternas.

Los chinos y los griegos tuvieron su Peloponeso.

En la época de Los Reinos Combatientes en la Edad de Bronce china, un período en el que se dan las Cien Escuelas de Pensamiento, sobrevivientes de las cuales son el confucianismo, el taoísmo y el legalismo, hay un pensador que abordo en este trabajo a publicar, Shang Yang, el Maquiavelo del pensamiento chino; el legalismo con Shang Yang se plantea el poder en términos realistas. Los manuales legalistas de la Edad de Bronce china tienen instrucciones de, por ejemplo, cómo derrocar un gobierno o cómo debilitar a la sociedad civil para que no contrarreste el poder del gobierno, lo cual es anatema para el pensamiento político occidental. Marx no descubrió esto en el siglo XIX, ya los chinos de la Edad de Bronce sabían que limitando las libertades económicas debilitaban al pueblo, no teniendo un segundo poder que le pudiera hacer frente al gobierno. Los orientales tenían presente, como los árabes en la Edad Media, todos los arcanos de lo político que nos parecen terribles en el pensamiento occidental, asociados además a la idea de lo maquiavélico con connotaciones oscuras.


Precisamente por esto la actualidad del ejercicio político chino tiene elementos tradicionales directos que datan de Shang Yang y el legalismo, con el establecimiento de la burocracia, un fenómeno moderno occidental que ya era ejercido en el período en que apenas se estaba estableciendo la democracia ateniense.

Los legalistas eran en esencia burócratas, son el primer ejemplo de que disponemos de una burocracia profesional. Un politólogo formado en la academia occidental cree que el mundo empezó en agosto de 1945, en el mejor de los casos, en el peor cree que empezó en 1991. Todo lo anterior no lo toma en cuenta en sus análisis. Doy otra enseñanza de mi profesor Jerónimo Molina, dice que el realista político no piensa en años ni en décadas, piensa en milenios, en términos de metapolítica, la idea es ver constantes.

Podemos nombrar en este sentido a Dalmacio Negro como sintetizador de constantes políticas, históricas y sociológicas, como con su ley de hierro de la oligarquía. Decimos «oligarquía» y en el lenguaje académico o común se piensa en forma de gobierno, pero si se piensa desde la metapolítica es forma de régimen, aquel sistema de dominio que es permanente a toda forma de gobierno, traspasando lo político incluso, como en las organizaciones económicas y sociales.

Como nota personal, venía de una tradición liberal clásica, tendiendo a libertaria; entrar en contacto y leer los trabajos de Don Dalmacio Negro simplemente es lo que me vuelca al estudio de la metapolítica, de las formas políticas y al estudio de la historia del Estado, tres grandes líneas que me han consumido los últimos cinco años.

Indagando en las lecturas de Dalmacio Negro entro con el famoso ensayo de Gonzalo Fernández de la Mora La oligarquía, forma trascendental de gobierno. Me encuentro con otra de las verdades eternas de lo político que toda forma de gobierno es oligárquica, estemos hablando de los faraones egipcios, las monarquías de las ciudades-estado mayas en Mesoamérica o de las democracias representativas actuales. El gobierno siempre va a ser oligárquico. En este planteamiento entra Vilfredo Pareto con la teoría de las élites y el principio del 80/20. Siempre el mando o la decisión va a estar en una minoría, en el mejor de los casos; en el peor, va a estar en una persona.

Lo que afirmas, como planteamiento general, podríamos llevarlo a lo particular: no tiene sentido una situación agónica que esgrima una lucha contra la oligarquía. El gobierno es la concentración del poder en unos pocos; además, siguiendo a Giovanni Botero, el poder busca afirmarse, perpetuarse y extenderse. La misma política como magnitud objetiva pide esto.

Esto es una verdad irrefutable de lo político. Aunque, como en el presente bebemos de la ideología democratista esa verdad irrefutable se enmascara. Tenemos un Estado benéfico, humanitario, de Bienestar, con toda clase de fines sociales, que es más gigante y elefantiasico.

Como se disfraza detrás de esa máscara providencial, en palabras de Ortega y Gasset, no nos damos cuenta de ese minotauro, usando a y siguiendo con Michael Oakeshott, al final creemos que somos más libres dentro de estos Estados democráticos de bienestar pero probablemente se era más libre dentro de la monarquía absoluta de Luis XIV, puesto que en ese período habían ciertas prerrogativas de los cuerpos intermedios de la sociedad, como período bisagra entre el viejo mundo y el mundo moderno, con la vigencia del derecho natural. Esto hace parte de los mitos democratistas que nos hemos tragado, que hoy día somos más libres.

En esta fricción entre los mitos políticos y las constantes eternas, podemos entender que estamos en una época del tercer estado. Un período en el que la burguesía y su relato ganaron, en donde hay una homogeneización social. Los componentes estamentales anteriores, el clero, la nobleza y el tercer estamento, se encontraban en un orden sin escisión ni ninguna forma de totalización. La modernidad, con independencia de ser liberal, busca la totalización.

Remontarse a los Estados liberales del siglo XIX lo que vas a ver es eso. El caso de Argentina entre 1870 y 1920, como el más logrado en esa incorporación al sistema-mundo, desde Immanuel Wallerstein. Lo vemos en el México del Porfiriato, en Estados Unidos con la época del Destino Manifiesto, ¿la incorporación de las grandes masas populares a las dinámicas de la modernidad ilustrada que proponía el Estado liberal de la segunda mitad del siglo XIX, nos preguntamos, fue pacífica? La incorporación a la modernidad liberal, industrial, fue tremendamente violenta. Los proyectos de modernización liberal se hicieron con una cuota importante de violencia a gran escala.

Nos encontramos con dos autores que reaccionan al espíritu liberal, Ernst Jünger y Carl Schmitt. Éste habla acerca de que la nota particular de lo político es el pólemos, que remite en griego a escisión, disgregación. Lo político se define desde su planteamiento, aparte de la distinción amigo-enemigo, como la posibilidad real y existencial de matar. Conectamos con la concepción realista del liberalismo como soportado en la violencia masificada, en los términos de Jünger, como los Estados industriales juntan la técnica política del Estado con formas industriales de matar, siendo esto las Guerras Mundiales.

El Estado totalitario del siglo XX va a llevar esta idea liberal decimonónica a sus últimas consecuencias lógicas y al paroxismo. El Estado totalitario en vez de ser una división del trabajo para la producción industrial se convierte en una división racional del trabajo para la destrucción y el asesinato en masa. Don Dalmacio Negro dice que el Estado totalitario es la forma más acabada de intromisión y compulsión de la existencia política del ser humano.

Antes del Estado totalitario existe la enemistad absoluta pero cometerla era imposible desde el punto de vista material. Anterior a la glorificación de la técnica a través del artificio-Estado, plantearse la enemistad absoluta era muy difícil de concretar en la realidad, ni siquiera con el arma de retrocarga del siglo XIX o con las armas químicas de la Gran Guerra podías hacer una guerra total o un exterminio total. Con la bomba atómica y la energía nuclear sí.

«Total» en un sentido metafísico y en un sentido de función, de operatoriedad geográfica y material.

Lo político es al final como un phármakon, dependiendo de la dosis puede curarte o matarte, porque es la misma palabra para medicina y veneno. El Estado es un artificio que nace en el siglo XVII en Europa, sirviendo para resolver el problema de la guerra civil. Luego con la idea del phármakon, politizar tanto la vida o la sociedad lleva a los problemas vividos por la humanidad en el siglo XX con el Estado totalitario. Con nuestras capacidades materiales al día de hoy sí es posible la exterminación total del enemigo. Por eso debemos tener hoy más cuidado con la política, pudiendo ser ésta más mortal que otra cosa.

Este escenario tanatológico necesita una lectura desde el realismo político porque el realismo es moderación, aunque parezca contradictorio. El realismo apela a la moderación, a la racionalización como límite y delimitación. El idealismo político exacerba las herramientas de destrucción apelando a «la paz», «la cooperación»…

El Hombre Nuevo, el fin de la opresión, la paz perpetua…. Carl Schmitt describió la enemistad absoluta, añadiendo que «quien dice que alguien o un grupo es enemigo de la humanidad en el fondo lo que quiere es engañar». Schmitt al describir la enemistad absoluta lo que hace es un alegato hacia la moderación.
Siguiendo con la crítica de Carl Schmitt o de Gaston Bouthoul, cuando los conceptos de enemigo se neutralizan, de enemigo a adversario, paradójicamente y siendo contraintuitivo, ese tipo de neutralizaciones exacerban el conflicto en la sociedad, porque lo niegan. Cuando se intenta despolitizar a la sociedad eliminando la política de la misma mediante la eliminación del conflicto, lo que se hace básicamente es echarle gasolina al fuego, porque negar el conflicto no lo elimina, aunque se apele a una resemantización. ¿Qué dicen los pensadores polemológicos? El derecho del enemigo siempre ha existido a lo largo de la historia. El problema es que en una sociedad donde el enemigo no existe, se presenta bajo otras formas, con otros ropajes. Es preferible ubicar al enemigo en la sociedad e intentar moderar ese conflicto, sin extirparlo o sacarlo de la sociedad porque es imposible.

En tu libro Doux Commerce? Reflexiones sobre la despolitización economicista liberal tratas sobre algunos problemas prefigurados en El concepto de lo político de Carl Schmitt.

Mi libro se inspira en dos fuentes, la lectura del epígrafe VIII de El concepto de lo político de Schmitt, donde hace una crítica al liberalismo a partir de lo que acabamos de hablar, sobre la negación del enemigo por parte del liberalismo. Y del ensayo Doux Commerce del economista alemán Albert O. Hirschman, el cual hace una crítica de todas las ideologías modernas que vienen de la Ilustración, las cuales se plantean, además de la negación del conflicto en la sociedad, buscar la felicidad social mediante la política.

Me decanto por una tradición del liberalismo que Carlo Gambescia ha denominado «liberalismo triste», liberalismo non ridens, más al estilo de Edmund Burke y de Alexis de Tocqueville, un liberalismo que está plenamente consciente de lo político, que es escéptico frente a muchas de las corrientes y tendencias de la modernidad.

¿Cómo percibes el entramado que compone la concepción política e histórica venezolana, no ya desde lo coyuntural sino desde lo estructural? Relacionado con sus corrientes políticas, sus tesis políticas.

Uno de mis postulados sería una especie de enmienda o contestación a la tesis de German Carrera Damas de la larga marcha hacia la democracia. Creo que se entendería mejor la historia de Venezuela con la sustitución de una larga marcha hacia la democracia precisamente por una especie de larga marcha hacia la racionalización del poder político, en términos weberianos, quitándole esas categorías hegelianas al carrerismo. Si hubiera una filosofía de la historia en Venezuela desprendería de ella un hegelianismo. Yo propondría una línea weberiana para comprender la historia venezolana.

Uno de los problemas en Venezuela es que la teoría del Estado que se da es muy pobre. El profesor Manuel Caballero sí tenía una teoría del Estado; en Gómez, el tirano liberal aborda la idea de que todo proceso de racionalización estatal comienza con un bonapartismo, por eso esa ambigüedad en el título de su libro: tienes que centralizar el poder político para luego racionalizar el poder.

Gómez crea el Estado moderno, una burocracia, un ejército nacional profesionalizado, pagó la deuda externa, pero no terminó de despersonalizar el poder político del Estado. De ahí, casi 120 años después, el gran reto que seguimos teniendo los venezolanos sigue siendo cómo despersonalizar el poder político del Estado, cómo finalmente separamos gobierno y Estado, porque lo que se ha hecho es politizar el Estado mediante el gobierno.

Edson Cáceres
Edson Cáceres